Monasterios

Hace poco, al estar volando en una aeronave de VivaAerobus, tomé una revista que se encontraba en frente de mí y leí un artículo que hablaba sobre los monasterios virreinales en México, donde se explicaba brevemente su historia y el papel que jugaron en la vida cotidiana de aquellos tiempos imperiales.

Al aterrizar en mi destino, decidí descubrir más sobre estos lugares donde los hombres abandonaban sus cuerpos para pulir su alma y servir al mundo con la profundidad de su espíritu.

La vida monástica es una tradición y un modo de vivir que comienza durante los últimos años del imperio romano, donde los monjes laboraban en el campo, visitaban a los enfermos, daban asilo a los necesitados y rezaban por el destino de un mundo que se incendiaba a diario con el avance de las tribus bárbaras desde el norte para aplacar a Roma, un imperio que abandonó sus creencias paganas por la religión católica después de la visión del Emperador Constantino.

Tras ser atacado por todos los frentes, el descenso de Roma era inminente, un fenómeno que apagaría la luz del mundo y le acobijaría con una manta de una espesa obscuridad por muchos siglos.

Cuando esto sucedió, el mundo perdió a su punto de gravedad y a su proveedor de vitalidad, muchas veces descrito en textos de la época, como si el sol se hubiese apagado y abandonado a los hombres a su suerte.

Cuando eso sucedió, lo único que quedaba verdaderamente en función eran los monasterios, localizados en lugares sumamente remotos, como bosques, montañas y a orillas de lagos olvidados por la civilización.

Estos monasterios y sus monjes se dedicaron a caminar por días enteros con bienes que habían cosechado para ayudar a las poblaciones marginadas tras la caída de Roma, siendo este un escenario verdaderamente apocalíptico, similar a un desastre nuclear en nuestro siglo.

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Al pasar los siglos, el mundo comenzó a avanzar y la civilización comenzó a establecerse; sin embargo, los monasterios siguieron viviendo en un estado de austeridad absoluta, donde el trabajo, el servicio a la comunidad y la oración eran la orden del día.

Algunos monasterios eran tan exigentes con sus monjes, que habían meses enteros que los pasaban en silencio, simplemente debido a que el hablar es ejercer nuestra propia voluntad  y su voluntad pertenecía estrictamente a Dios.

Monjes como San Benito llegaban a tales extremos que se retiraban a vivir tres años en una cueva, donde en temporada de lluvias el agua subía medio metro, esto haciéndolo como penitencia por los pecados cometidos por el mundo. Esta es una de las razones por las cuales San Benito es el padre de los exorcismos; se dice que su mera imagen expulsa demonios de los cuerpos atormentados.

Hoy en día, son pocos los verdaderos monasterios que quedan  en la religión Católica, sin embargo, en el mundo ortodoxo siguen siendo un modo de vida para muchos.

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